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LA ÉPOCA EQUIVOCADA

Me siento algo confundida y mareada. Me duele la cabeza. No recuerdo como llegue aquí.

Yo estaba caminando por el campo admirando un perfecto amanecer. Y ahora me encuentro en un lugar encerrado donde en cada movimiento que realice chocó con alguna prenda.

Un poco de luz logra colarse y distingo que es ropa entre la que me encuentro. Que raras prendas. Son tan inadecuadas. ¿Quién sería capaz de lucir algo tan poco respetable?


Empujo una de las puertas, poco a poco se va abriendo y lo que mis ojos contemplan es tan inadecuado como horrendo.


Hay zapatos tirados por todo el piso con un aspecto muy curioso. Unos en particular llaman mi atención porque no tienen tacón pero si agujetas.

La cama es tan pequeña.


Por lo menos hay libros, solo que algunos tienen títulos abominables, no son para nada una lectura recreativa. La señorita Carlota siempre me decía “Si no te aporta algo no vale la pena gastar la vista en eso”, fue la mejor institutriz que pude tener. Lastima que termino en un matrimonio tan desdichado.


Regreso al armario de donde salí. No hay botas, no hay vestidos ni corsets. No hay faldas ni paraguas. No logro entender quien podría lucir semejantes prendas. No debe ser una señorita respetada. Una de las prendas ni siquiera tiene mangas solo cubre la parte del torso. Doblada en una repisa había un pedazo de tela, al tomarlo se extendió y tenía la forma de las piernas pero era demasiado pequeño y debía quedar muy pegado. De seguro no se podía caminar con eso.

Algo se oye. Viene alguien. Me paro en medio de la habitación, recupero mi compostura para otorgar el saludo adecuado. La puerta se abre. Es una mujer vestida de muy mala forma. Al verme grita y se va corriendo. —Que manera tan rara y poco cortes de saludar— pienso. De seguro su institruz no le enseño muy bien. Juzgando por cómo viste me atrevo a decir qué tal vez ni siquiera tuvo una.

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